Tayeb y Lluís o Lluís y Tayeb, nunca sabremos el orden por el que comenzó esta singular aventura. Tayeb, un Beduino del desierto; Lluís, un español aventurero.

Todo empezó en un viaje que realicé junto a mi esposa Emma y mis dos hijos, Elisabet y Joan, a Marruecos; quería que conocieran un país que, en mis visitas con la moto, me había impresionado sobre todo por sus gentes hospitalarias y amables.

Llegamos a Arfoud, entonces Erfoud, ciudad denominada La puerta del Desierto. En la gasolinera del pueblo un joven muy risueño ponía combustible en nuestro vehículo. Con un español torpe pero simpático, me preguntó a donde nos dirigíamos y, al comentarle que íbamos en dirección Merzouga para ver el GRAN ERG CHEBI“desierto de dunas. Se ofreció a acompañarnos y nos explicó que conocía muy bien la zona porque junto con su familia tenían el Café – Restaurante Des Dunes en Arfoud y un pequeño albergue en la zona de Merzouga. Pero nosotros no teníamos ningún interés en ser acompañados por nadie, primero porque yo ya había hecho esta pista y segundo porque ese chico era muy joven y no lo conocíamos de nada.

Fue tanta su insistencia que con su sonrisa nos convenció para acompañarnos y se montó directamente en el coche sin avisar a ningún miembro de su familia de que iba a pasar la noche fuera.

Durante el recorrido nos ofreció la posibilidad de organizarnos un paseo en Dromedario por las dunas y aceptamos. Una vez en lo alto de los dromedarios con toda la familia y a punto de emprender la marcha con un nómada que tiraba de los animales, dicho joven me pidió las llaves de mi coche. Yo pensé que se había olvidado algo dentro del vehículo y le tiré las llaves, pero cuál fue mi sorpresa cuando vi que se montaba en el coche, lo ponía en marcha y desaparecía a lo lejos; todas nuestras pertenencias estaban dentro de ese coche y a Emma le cogió un ataque de nervios porque veía como muestro coche se alejaba. 

Al intentar comunicarme con el nómada propietario de los dromedarios no hubo manera de entendernos en nada; simplemente a medida que yo le decía cosas, él me respondía con una sonrisa.

Fueron tres horas de “paseo” en dromedario por las dunas hasta llegar a un poblado de gente originaria del África negra, “Hamlia”, donde al llegar lo primero que vi fue mi coche recién lavado y en perfecto estado. Lo único que había hecho este joven había sido llevar el coche hasta el final del recorrido con los dromedarios y lavarlo para ganarse una propina. El problema fue que en ningún momento nos lo comunicó.

En Hamlia nos atendieron de una forma muy especial, nos hicieron sentir tanto a mí como a mi familia sensaciones únicas e inexplicables. Y como agradecimiento de los momentos que pasamos, nos propusimos regresar al año siguiente con más gente y cargados de material escolar, ropa y otros enseres para entregárselos a esas familias, y contactamos otra vez con aquel joven de la gasolinera, al que ya le vamos a poner nombre, Tayeb. Cada Semana Santa viajamos a esa zona del país cada vez con más gente y compartíamos experiencias con todas esas familias. Mi relación con Tayeb ya era como la de amigos de toda la vida, y un día me propuso la posibilidad de construir un pequeño hotel con varias habitaciones en las cercanías de Arfoud. De alguna manera era una forma simbólica de contribuir al progreso de esa zona que tanta hospitalidad nos había dado a mi familia y a mí y donde Tayeb había vivido toda su vida.

Y sin quererlo, sin pensarlo y dejándonos llevar por la “magia” del país y el cariño de sus gentes, hoy disponemos de un importante grupo de empresas y hoteles que constituyen un recurso para más de 300 familias. Esto no hubiera sido posible si Tayeb y su familia al completo no hubieran sido gente especial, con un corazón muy grande y unas personas magnificas.

A veces las cosas no se buscan, llegan solas y si te dejas guiar por lo que te dice el corazón es raro que salgan mal. 

Inchala

 Lluis Pont

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